A Juan Gutiérrez de Paniagua le
debemos el primer trazo de damero de
la recién fundada ciudad de Nuestra
Señora de La Paz. Y a su primer
Corregidor, Juan de Vargas, la disposición
por la cual la acera sur de la Plaza
Mayor fuera ocupada por los símbolos
del poder temporal y el poder eclesiástico:
el Cabildo y la Catedral.
El capitán Alonso de Mendoza,
fundador de la ciudad, se había
reservado el solar principal para si;
pero apenas tres años después
de la fundación efectuada por
orden de Pedro de la Gasca, Presidente
de la Audiencia de Charcas, desapareció
y no se supo más de él.
La construcción del Cabildo
o Sala Capitular fue iniciada en 1551,
y el Licenciado La Gasca dispuso que
los indios del repartimiento de Chucuito
ejecutaran el trabajo, en su calidad
de yanaconas al servicio de la ciudad.
Indios de Tihuanaco y Callapa reforzaron
el equipo de trabajo y con 12 000 pesos
enviados en préstamo por el Virrey
de Lima y contribuciones extraordinarias
de los vecinos, la construcción
fue entregada en 1562, según
consta en las Actas Capitulares.
La construcción de estilo
colonial sufriría diversos avatares,
siendo el más grave aquel incendio
que lo destruyó casi completamente
durante el gobierno del Dr. Tomás
Frías, en 1875. Mucho más
tarde, en pleno siglo XX, el arquitecto
José Núñez del
Prado adoptaría para su construcción
el estilo que muestra hasta hoy.
Junto al Cabildo, la construcción
de la Catedral fue también azarosa,
pues los dos edificios iniciales se
vinieron abajo; sólo a partir
de 1830, el esfuerzo de Manuel Sanahuja
y más tarde el diseño
de José Rocha Rodríguez,
hecho por encargo del Presidente Aniceto
Arce, y corregido por el Conde Vespigniani,
arquitecto oficial del Vaticano, la
Catedral tomaría su forma actual,
aunque las cúpulas gemelas fueron
entregadas ya muy entrado el siglo XX.
De este modo, José Núñez
del Prado, José Rocha y Alejandro
Camponovo (quien más tarde construyó
el actual Palacio Legislativo) se constituirían
en los principales diseñadores
de edificios públicos de La Paz.
Cómo era el edificio del Cabildo
o Sala Capitular? Un primer piso de
trece y un segundo de dieciséis
portadas de piedra labrada, ventanas
cubiertas con berenguela transparente
y salones con paredes blanqueadas con
estuco. Había dos salones principales:
uno era despacho del Corregidor y, más
tarde, del Intendente; y el otro era
Sala del Cabildo. La descripción
de los muebles oficiales hecha por el
cronista Nicanor Aranzaes en 1915 no
deja lugar a dudas sobre la austeridad
pública de entonces.
“Una colosal mesa, cuyos pies representaban
las garras de un león, tenía
un tapete rojo de tela ordinaria del
país, sobre la mesa había
un gran candelero de barro cocido con
su gruesa vela de sebo para ser
encendida a su tiempo con un tizón,
un tintero de barro también contenía
el líquido fabricado de alcaparrosa
por los activos amanuenses y algunas
plumas de ave hábilmente ajadas
a gavilán y medio gavilán,
constituían todo el menaje de
esa soberbia secretaría. Sus
pisos estaban completamente desalfombrados,
sólo se veían delante
de los asientos, pequeñas tiras
de burda alfombra, trabajada en el país.
Allí estaba guardado el estandarte
real”.(1)
El edificio albergaba también
la cárcel pública en los
fríos sótanos donde habían
al menos tres secciones: “Santa Bárbara”,
depósito de pólvora, “San
Simón” y “El Infiernillo”, este
último muchas veces capilla donde
esperaban la horca quienes eran ajusticiados
en media plaza, donde hoy se erige el
monumento al más célebre
de los ajusticiados, Pedro Domingo Murillo,
jefe político de la revolución
libertaria del 16 de julio de 1809,
que pasó sus últimos días
precisamente en El Infiernillo.
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